En 1,917, Rusia era el imperio más extenso del mundo: abarcaba desde Polonia hasta el Pacífico. Lo gobernaba la dinastía Romanov, en el poder desde 1,613. El último de ellos, el zar Nicolás II, creía firmemente en su derecho divino a gobernar — y rechazaba cualquier límite a su poder.
Sin embargo, el Imperio ruso era profundamente desigual. La nobleza (aristocracia) acumulaba tierras inmensas mientras millones de campesinos vivían en la miseria. La industrialización había creado una clase obrera en las ciudades trabajando en condiciones brutales: jornadas de 14 horas, sin derechos, sin sindicatos. El contraste entre el lujo del Palacio de Invierno en Petrogrado y las aldeas hambrientas era una bomba de tiempo.
La figura de Grigori Rasputín encarnó el descrédito de la corte. Este monje siberiano con supuestos poderes curativos se ganó la confianza de la zarina Alejandra — obsesionada con la hemofilia de su hijo Alexéi — y llegó a influir en decisiones de gobierno. Su presencia era un escándalo para la aristocracia y dañó irreversiblemente la imagen de la familia imperial.
Las tensiones venían acumulándose desde hacía años. En 1,905, el llamado Domingo Sangriento marcó un primer punto de quiebre: tropas zaristas dispararon contra una marcha pacífica de obreros que pedía mejoras laborales. Nicolás II la reprimió con dureza pero prometió reformas — promesas que nunca cumplió plenamente.
La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial (1,914) fue el golpe final. El ejército ruso estaba mal armado, mal dirigido y sin abastecimiento suficiente. Las bajas fueron catastróficas — más de un millón de soldados muertos en los primeros meses. En las ciudades, el pan escaseaba. En el frente, los soldados comenzaron a desertar masivamente. El Estado zarista colapsaba por dentro.
Las ideas socialistas y marxistas llevaban décadas circulando entre los intelectuales y obreros rusos. Figuras como Lenin habían pasado años en el exilio europeo elaborando una teoría revolucionaria adaptada a Rusia. Cuando llegó la crisis, había liderazgo, organización y un programa político listo para actuar.
En febrero de 1,917, una ola de huelgas y protestas masivas en Petrogrado se volvió incontrolable. Los soldados enviados a reprimirlas se unieron a los manifestantes. Nicolás II abdicó el trono. El zarismo, que había durado 300 años, cayó en pocos días. Se instaló un Gobierno Provisional liderado por políticos liberales y socialistas moderados, que prometió continuar la guerra y convocar elecciones.
Pero los bolcheviques rechazaron el Gobierno Provisional. Lenin regresó del exilio en abril de 1,917 con un mensaje claro: «Paz, tierra y pan». Prometía salir de la guerra, repartir las tierras de los nobles entre los campesinos y dar alimento a los obreros. Ese programa simple y concreto convenció a millones.
En la noche del 25 al 26 de octubre de 1,917, los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno y derrocaron al Gobierno Provisional. Fue un golpe de Estado rápido y casi sin resistencia. Lenin proclamó la República Soviética de Rusia, inicio de lo que sería la Unión Soviética (URSS) en 1,922. La familia Romanov fue ejecutada en julio de 1,918.
Las dos revoluciones de 1,917 tienen diferente naturaleza: Febrero fue una revolución espontánea y popular que derrocó al zar; Octubre fue un golpe organizado y disciplinado que instaló a los bolcheviques en el poder. Entender esta diferencia es fundamental para analizar críticamente lo que vino después.
| Aspecto | Revolución de Febrero (1,917) | Revolución de Octubre (1,917) |
|---|---|---|
| ¿Quién la lideró? | Obreros y soldados espontáneos; políticos liberales | Completa |
| ¿Qué derrocó? | El zarismo — Nicolás II abdica | Completa |
| ¿Fue planeada? | No — surgió espontáneamente | Completa |
| ¿Qué instaló en el poder? | Completa | El gobierno bolchevique de Lenin |
| ¿Continuó la guerra? | Sí — el Gobierno Provisional siguió en guerra | Completa |
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