En la sesión anterior estudiamos la Revolución Francesa: la Convención, el Terror de Robespierre y el Directorio que sucedió a la caída de los jacobinos. Vimos cómo un proceso revolucionario puede transformar radicalmente —y de forma violenta— las estructuras de poder de una sociedad. Hoy retrocedemos casi tres siglos y cruzamos el océano para estudiar otro de los acontecimientos que más transformó la historia mundial: la Conquista del Perú. En la sesión anterior de esta unidad de historia peruana vimos cómo el Tahuantinsuyo se construyó, se organizó y alcanzó su máxima extensión bajo Huayna Cápac. Hoy estudiamos cómo ese Imperio, debilitado por una guerra civil interna, se enfrentó a una expedición española de apenas 168 hombres en Cajamarca, y cómo ese encuentro, en cuestión de horas, cambió el destino de toda Sudamérica. Comprender este episodio con rigor histórico —sus causas, su desarrollo y sus consecuencias— es esencial para entender el Perú que somos hoy.
Cuando Francisco Pizarro desembarcó en las costas del norte peruano en 1532, no encontró un Imperio unido y fuerte, sino uno que acababa de salir de una devastadora guerra civil. La muerte de Huayna Cápac hacia 1527 —probablemente por una epidemia llegada desde el norte, posiblemente viruela, que se había propagado por contacto indirecto con los primeros europeos en Centroamérica— dejó el trono sin un sucesor claramente designado.
Dos de sus hijos se disputaron el poder: Huáscar, que gobernaba desde el Cusco con el respaldo de la nobleza tradicional, y Atahualpa, que gobernaba desde Quito con el apoyo de un poderoso ejército veterano de las campañas del norte. La guerra entre ambos (1529-1532) fue larga y sangrienta, y terminó con la victoria de Atahualpa poco antes de la llegada de los españoles. Atahualpa se encontraba en Cajamarca, descansando con su ejército tras la guerra, cuando recibió la noticia de que un grupo de extranjeros había desembarcado en la costa.
Este contexto es fundamental para comprender lo que ocurrió después: el Tahuantinsuyo que los españoles encontraron no era el Imperio cohesionado de Huayna Cápac, sino un Estado dividido por una guerra civil reciente, con élites enfrentadas entre sí y con varios pueblos sometidos por la fuerza que veían en los recién llegados una posible oportunidad de liberarse del dominio cusqueño. El historiador peruano Franklin Pease, en su obra Los incas (1991), subraya que comprender la conquista exige entender que no fue solo un enfrentamiento entre españoles e incas, sino un proceso en el que participaron también miles de aliados andinos de distintos pueblos.
Francisco Pizarro (c. 1478-1541) nació en Trujillo, Extremadura, en una familia humilde y, según algunas crónicas, sin reconocimiento legal de su padre. Llegó a América siendo joven y participó en varias expediciones, incluida la de Vasco Núñez de Balboa que descubrió el océano Pacífico (1513). Tras instalarse en Panamá, organizó junto con Diego de Almagro y el sacerdote Hernando de Luque dos expediciones de reconocimiento hacia el sur (1524-1528) que confirmaron la existencia de un Imperio rico y organizado en la costa sudamericana.
En 1529, Pizarro viajó a España y firmó con la Corona la Capitulación de Toledo, que lo autorizaba a conquistar y gobernar los territorios que descubriera, con el título de gobernador. En 1532 partió de Panamá con una expedición de apenas 168 hombres, 62 de ellos a caballo, armados con espadas de acero, armaduras, arcabuces y algunas piezas de artillería ligera. Desembarcaron cerca de Tumbes y avanzaron hacia el interior, donde se enteraron de la guerra civil inca y decidieron dirigirse hacia Cajamarca, donde Atahualpa descansaba con su ejército.
Las ventajas tecnológicas y estratégicas españolas
El reducido número de españoles frente a la magnitud del Tahuantinsuyo plantea una pregunta histórica central: ¿cómo fue posible la conquista? Los historiadores identifican varios factores que se combinaron:
- Tecnología militar: el acero de las espadas y armaduras, los caballos —desconocidos en América— y las armas de fuego daban a los españoles una ventaja táctica considerable en el combate cuerpo a cuerpo y generaban un fuerte impacto psicológico.
- Enfermedades: los europeos portaban enfermedades —viruela, sarampión, gripe— ante las cuales la población americana no tenía defensas inmunológicas. Estas epidemias, que se propagaron incluso antes de la llegada física de los españoles al Perú, debilitaron demográficamente al Imperio.
- La guerra civil inca: la división entre Huáscar y Atahualpa fracturó la unidad de mando y generó descontento entre pueblos recientemente sometidos.
- Alianzas indígenas: miles de guerreros de pueblos como los huancas, cañaris y chachapoyas, que habían sido sometidos por la expansión inca, se aliaron con los españoles para liberarse del dominio cusqueño, aportando un número de combatientes muy superior al de los propios europeos.
El 15 de noviembre de 1532, la expedición de Pizarro llegó a la ciudad de Cajamarca, donde Atahualpa se encontraba con su ejército victorioso tras la guerra civil, descansando en los baños termales cercanos. Pizarro envió un emisario —su hermano Hernando y el capitán Hernando de Soto— para invitar al Inca a una entrevista en la plaza de la ciudad al día siguiente.
El 16 de noviembre de 1532, Atahualpa entró en la plaza de Cajamarca acompañado de un séquito de varios miles de hombres, la mayoría desarmados o portando solo armas ceremoniales, transportado en una litera de oro rodeado de nobles y servidores. Confiaba en su abrumadora superioridad numérica y no esperaba un ataque, ya que los españoles se habían presentado como embajadores en son de paz.
El fraile dominico Vicente de Valverde se adelantó con un intérprete y, según los cronistas, le presentó a Atahualpa un breviario o Biblia, exponiéndole los fundamentos de la fe cristiana y exhortándolo a someterse a la autoridad del rey de España y del papa, en un documento conocido como el Requerimiento. Atahualpa, que no compartía esos conceptos religiosos y políticos ni podía comprenderlos en ese contexto, examinó el libro y lo arrojó al suelo —según el relato más extendido entre los cronistas—, lo que los españoles interpretaron como una ofensa religiosa que justificaba el ataque.
El ataque y la captura
Pizarro, que había ocultado a sus hombres, sus pocos cañones y su caballería en los edificios alrededor de la plaza, dio la orden de ataque. La combinación de artillería, arcabucería, caballería pesada y el factor sorpresa generó pánico entre el séquito imperial, en su mayoría desarmado y sin posibilidad de organizar una defensa efectiva en el espacio cerrado de la plaza. En poco más de media hora, miles de acompañantes de Atahualpa murieron o fueron heridos, mientras los españoles no sufrieron bajas mortales. Atahualpa mismo fue capturado vivo por orden expresa de Pizarro, que comprendía el valor estratégico de mantenerlo como rehén.
Este episodio —documentado por cronistas como Francisco de Jerez, secretario del propio Pizarro, y posteriormente analizado por historiadores como John Hemming en su obra de referencia The Conquest of the Incas (1970)— es estudiado hoy como un caso paradigmático de cómo la combinación de sorpresa táctica, tecnología militar y un contexto político fracturado pudo decidir, en pocas horas, el destino de un Imperio de millones de habitantes.
Una vez capturado, Atahualpa comprendió rápidamente el interés de los españoles por el oro y la plata, y propuso un trato: llenaría una habitación —de aproximadamente 35 m³— de objetos de oro hasta la altura que alcanzaba su brazo levantado, y dos veces ese volumen de plata, a cambio de su liberación. Durante varios meses, caravanas de cargadores trajeron desde todo el Imperio piezas de orfebrería religiosa y ceremonial —vasijas, láminas de templos, objetos rituales— que fueron fundidas en lingotes. Se calcula que se reunieron más de seis toneladas de oro y casi doce de plata, una de las mayores cantidades de metal precioso jamás reunidas en un solo episodio histórico.
La ejecución de Atahualpa
A pesar de haberse cumplido el rescate acordado, Pizarro y sus capitanes decidieron no liberar al Inca. Temiendo que Atahualpa pudiera organizar una resistencia armada una vez libre —y presionados por rumores, ciertos o no, de movimientos de tropas incas hacia Cajamarca—, los españoles lo sometieron a un juicio sumario en el que se le acusó de diversos cargos, entre ellos haber ordenado la muerte de su hermano Huáscar durante la guerra civil y de conspirar contra los españoles. Atahualpa fue condenado a muerte y ejecutado el 26 de julio de 1533, tras aceptar el bautismo cristiano en sus últimas horas, lo que le permitió, según la costumbre de la época, ser ejecutado por garrote en lugar de morir en la hoguera.
La ejecución de Atahualpa, pese al cumplimiento del rescate pactado, ha sido objeto de un intenso debate historiográfico desde el siglo XVI hasta hoy: cronistas como Bartolomé de las Casas la denunciaron como una grave injusticia incluso en su propia época, mientras que otros relatos contemporáneos buscaron justificarla por razones de seguridad militar. Este episodio se estudia hoy como un ejemplo central para comprender tanto los métodos de la conquista como los debates éticos y jurídicos que ya entonces suscitaba, dentro de la propia sociedad española, el trato a los pueblos americanos.
Tras la ejecución de Atahualpa, Pizarro nombró como Inca títere a Túpac Huallpa, hermano de Huáscar, para facilitar el avance español hacia el Cusco con apoyo de la nobleza cusqueña, que veía con cierto alivio la derrota del bando de Atahualpa. El ejército español, reforzado por miles de aliados indígenas, avanzó hacia la capital del Imperio y la ocupó en noviembre de 1533, prácticamente sin resistencia organizada, dado el debilitamiento general del Estado inca tras la guerra civil y la captura del Inca.
El 18 de enero de 1535, Pizarro fundó la Ciudad de los Reyes —actual Lima— en el valle del río Rímac, eligiendo una ubicación costera por su cercanía al mar, lo que facilitaba las comunicaciones con España y Panamá. Lima se convirtió en la nueva capital política del territorio conquistado, desplazando al Cusco, que conservó su importancia simbólica y religiosa pero perdió su papel como centro del poder.
¿Fin de la resistencia o nuevo capítulo?
Es importante precisar, con rigor histórico, que la caída de Cajamarca y la toma del Cusco no significaron el fin inmediato de toda resistencia andina. En 1536, Manco Inca —otro hermano de Huáscar, nombrado inicialmente Inca títere por los propios españoles— se rebeló y organizó el gran cerco del Cusco, casi recuperando la ciudad. Tras su derrota, se replegó a la región de Vilcabamba, donde se estableció un Estado neoinca que resistió hasta 1572, cuando el último Inca, Túpac Amaru I, fue capturado y ejecutado. Esta resistencia prolongada será el tema central de nuestra próxima sesión.
Lo que sí terminó en 1532-1533 fue el Tahuantinsuyo como Estado soberano centralizado: la estructura política, administrativa y militar que había gobernado los Andes durante un siglo dejó de existir como tal, dando paso a un proceso de conquista, resistencia y, progresivamente, de construcción de una nueva sociedad colonial mestiza que sentaría las bases del Perú virreinal.