En la sesión anterior estudiamos el Renacimiento II: la Reforma Protestante, la imprenta de Gutenberg, Lutero, Calvino y las guerras de religión que dividieron Europa. Vimos cómo a partir del siglo XV el mundo europeo se transformó radicalmente. Ahora giramos la mirada al otro lado del Atlántico. Mientras Europa vivía el Renacimiento, en los Andes sudamericanos otro proceso extraordinario estaba ocurriendo: los incas, partiendo de una pequeña aldea en el Cusco, construyeron el mayor Imperio de toda la historia precolombina de América. Lo hicieron sin escritura alfabética, sin rueda y sin animales de tiro salvo la llama. Lo que sí tuvieron fue una organización política, económica y social de una eficiencia extraordinaria. Esta sesión estudia cómo nació, cómo creció y cómo se organizó ese Imperio que hoy nos define como peruanos.
El origen de los incas, como el de todas las grandes civilizaciones, mezcla historia y leyenda de manera inseparable. La tradición oral recogida por los cronistas españoles del siglo XVI —principalmente Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales de los Incas (1609) y Felipe Guamán Poma de Ayala en su Nueva corónica y buen gobierno (c. 1615)— refiere dos grandes mitos de origen.
El primero, la leyenda de los Hermanos Ayar, narra cómo cuatro parejas de hermanos salieron de unas cuevas llamadas Paqariq Tampu («Posada del Amanecer»), cerca del Cusco, y tras un largo peregrinaje, uno de ellos —Ayar Manco, después conocido como Manco Cápac— fundó la ciudad del Cusco al clavar en tierra una vara de oro que se hundió por completo, señal dada por el dios Sol de que ese era el lugar elegido. El segundo mito, la leyenda del lago Titicaca, cuenta que el dios Sol, Inti, envió a sus hijos Manco Cápac y Mama Ocllo desde las aguas del lago para que enseñaran a los hombres a vivir con orden y justicia.
Más allá de la leyenda, la arqueología y la historia oral indican que los incas eran un grupo étnico de habla quechua que habitaba el valle del Cusco (a 3 400 metros de altitud, en el actual departamento del Cusco, Perú) desde aproximadamente el siglo XII d.C. Durante sus primeras generaciones fueron un pueblo más entre los muchos que poblaban los Andes centrales, sometidos incluso por la presión de los chankas, un pueblo rival que llegó a amenazar el propio Cusco. La transformación de ese grupo aldeano en el mayor Imperio precolombino de América comenzó en el siglo XV y fue asombrosamente rápida.
La gran transformación del pequeño Estado cusqueño en un Imperio continental comenzó con la victoria frente a los chankas, una confederación de pueblos que amenazaba el Cusco hacia 1438. Según la tradición, el príncipe Cusi Yupanqui —hijo del Sapa Inca Viracocha, quien había huido— organizó la defensa y derrotó a los chankas. Tras la victoria, Cusi Yupanqui tomó el nombre de Pachacútec («el que transforma el mundo») y se convirtió en el noveno Sapa Inca, iniciando una era de expansión sin precedentes.
Pachacútec (1438-1471) es el gobernante más importante de la historia inca. En menos de treinta años conquistó los territorios que formarían el núcleo del Imperio: el altiplano del Titicaca, las regiones costeras del Perú central, las sierras del sur peruano y el norte de Bolivia. Su hijo Túpac Yupanqui (1471-1493) extendió las conquistas hacia el norte —Ecuador y Colombia— y hacia el sur —Chile y el noroeste argentino—. El sucesor de este, Huayna Cápac (1493-1527), completó la expansión hacia el norte de Ecuador y consolidó el dominio sobre los territorios conquistados.
Los métodos de la expansión inca
Los incas no conquistaban solo mediante la fuerza militar. Preferían una estrategia que combinaba la presión militar con la negociación y la integración. El proceso típico era el siguiente: primero se enviaban embajadores que ofrecían paz, integración y beneficios materiales —herramientas, tejidos, acceso a los almacenes del Estado— a cambio del reconocimiento de la autoridad del Sapa Inca. Si el pueblo aceptaba, se integraba pacíficamente. Solo si rechazaba las condiciones se recurrría a la conquista militar. Los líderes locales (curacas) que aceptaban colaborar eran respetados y conservaban sus cargos; sus hijos eran llevados al Cusco para educarse en la lengua y costumbres incas, lo que aseguraba la lealtad de la siguiente generación.
El nombre Tahuantinsuyo —«las cuatro regiones del mundo»— describe perfectamente la organización territorial del Imperio. El Cusco era el ombligo del mundo (en quechua, qosqo significa precisamente «ombligo»), el punto desde el cual irradiaban los cuatro grandes territorios o suyos:
- Chinchaysuyo («norte»): el más extenso y poblado. Abarcaba el norte del Perú, Ecuador y el sur de Colombia. Su nombre viene del pueblo Chincha, uno de los más poderosos de la costa peruana.
- Antisuyo («oriente»): los territorios al este del Cusco, hacia la selva amazónica. Los incas denominaban «antis» a los pueblos de la selva. De aquí proviene el nombre «Andes».
- Collasuyo («sur»): el segundo más grande. Comprendía el altiplano del lago Titicaca, Bolivia, el norte de Chile y el noroeste argentino. Su nombre viene de los Colla, pueblo aymara del altiplano.
- Contisuyo («occidente»): los territorios costeros del sur del Perú y parte de la sierra sur. El menos extenso de los cuatro.
El Cusco: capital del mundo inca
El Cusco era mucho más que una capital administrativa. Era el centro religioso, político y simbólico del Imperio. Fue reconstruido por Pachacútec con un plano urbano en forma de puma —un animal sagrado para los incas—, con calles empedradas, canales de agua, palacios de piedra y el gran templo del Sol, el Qorikancha («recinto dorado»), cuyas paredes interiores estaban forradas de láminas de oro. El Cusco concentraba los depósitos estatales, los archivos de quipus, las escuelas para hijos de curacas (yachayhuasi) y los templos de los dioses principales.
El Qhapaq Ñan: la columna vertebral del Imperio
Ningún Imperio puede funcionar sin comunicaciones. Los incas lo sabían y construyeron el Qhapaq Ñan: más de 30 000 kilómetros de caminos que cruzaban la cordillera de los Andes, la costa desértica y los valles interandinos. Los caminos estaban empedrados, tenían sistemas de drenaje, puentes colgantes de fibra vegetal sobre los ríos y depósitos (tambos) cada cierta distancia para que los viajeros descansaran y se abastecieran. Por ellos circulaban los chasquis: jóvenes corredores especialmente entrenados que transmitían mensajes y paquetes de posta en posta, alcanzando velocidades de hasta 400 km por día. En 2014, la UNESCO declaró el Qhapaq Ñan Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su importancia como obra de ingeniería y como símbolo de integración cultural andina.
La base de la sociedad y la economía inca era el ayllu: la comunidad familiar extendida que poseía tierras colectivamente y trabajaba de forma cooperativa. Sobre esta base, el Estado inca construyó un sistema económico redistributivo que no usaba el dinero ni el mercado como mecanismos principales de intercambio, sino el trabajo y la reciprocidad.
El sistema económico inca descansaba en tres principios:
- La tripartición de las tierras: las tierras cultivables se dividían en tres partes: una para el Sol (mantenimiento de los templos y cultos), otra para el Inca (el Estado) y otra para el ayllu (las familias que las trabajaban).
- La mita: cada ayllu debía al Estado una cuota de trabajo por turno. Los mitayos construían caminos, templos, palacios, andenes y acequias; también servían en el ejército. A cambio, el Estado les proporcionaba herramientas, comida y vestimenta durante su turno de trabajo.
- Los tambos y qollqas: el Estado almacenaba el excedente de la producción en miles de depósitos (qollqas) distribuidos por todo el Imperio. En ellos se guardaba comida (maíz, chuño, charqui), textiles y herramientas. Este sistema permitía redistribuir recursos en caso de hambruna, guerra o desastres naturales, funcionando como una red de seguridad social.
El historiador John Rowe, en su clásico estudio Inca Culture at the Time of the Spanish Conquest (1946), describió la economía inca como una «economía sin mercado» en la que el Estado centralizaba la producción y la redistribuía según las necesidades. Este sistema fue extremadamente eficaz para movilizar recursos en una geografía tan difícil como los Andes, aunque su funcionamiento dependía de la capacidad administrativa del Estado central —lo que lo hacía vulnerable cuando ese centro fallaba.
Tres actividades dosificadas. Hazlas con cuidado y letra clara. En 2.° el objetivo es organizar bien la información y expresarla con tus propias palabras.
- Dibuja una línea de tiempo desde el siglo XII d.C. hasta 1532.
- Ubica los ocho eventos de la cronología de la lectura con sus fechas.
- Añade un color distinto para cada gobernante (Pachacútec, Túpac Yupanqui, Huayna Cápac) y un símbolo para los eventos clave.
- Dibuja un esquema del mapa del Tahuantinsuyo en tu cuaderno con el Cusco al centro.
- Dibuja los cuatro suyos con colores distintos y escribe el nombre de cada uno.
- Completa la tabla siguiente:
| Suyo | Dirección | Países actuales que abarcaba |
|---|---|---|
| Chinchaysuyo | Norte | [Completa: ¿qué países actuales incluía?] |
| Antisuyo | [Completa] | [Completa] |
| Collasuyo | [Completa] | [Completa] |
| Contisuyo | [Completa] | [Completa] |
- Imprime los seis cromos de la galería (o dibújalos a mano).
- Pégalos en una página doble dejando espacio para tus anotaciones.
- Junto a cada cromo escribe una oración explicando por qué fue importante en la historia del Tahuantinsuyo.
- Dibuja una pequeña flecha conectando los tres Sapa Incas en orden cronológico.
Prepara una intervención oral de 2 minutos sin leer tus notas. En 2.° el objetivo es defender una posición con argumentos concretos y datos de la lectura.
- El sistema de almacenes estatales (qollqas) garantizaba que nadie pasara hambre en tiempos de sequía o desastre, funcionando como una red de seguridad colectiva.
- A cambio de la mita, el Estado proporcionaba herramientas, comida y vestimenta: era un intercambio, no solo una extracción.
- Los curacas locales conservaban su autoridad si reconocían al Inca, lo que preservaba las identidades y tradiciones locales.
- La mita era obligatoria: los ayllus no podían negarse a prestar su trabajo al Estado, aunque sí recibían algo a cambio.
- Los hijos de curacas eran llevados al Cusco para ser «educados», lo que también funcionaba como rehenes para asegurar la lealtad de sus familias.
- Los pueblos conquistados que se resistían eran desplazados y reemplazados por grupos leales (mitimaes), lo que implicaba un control cultural impuesto.