En la sesión anterior estudiamos El Tahuantinsuyo I: origen, expansión y organización territorial. Vimos cómo los incas partieron de una pequeña aldea en el Cusco para construir, en menos de cien años, el mayor Imperio de la América precolombina. Estudiamos a Pachacútec, los cuatro suyos, el Qhapaq Ñan y el sistema de la mita. Ahora que ya sabemos qué tan grande era el Imperio y cómo estaba organizado el territorio, la pregunta que guía esta sesión es: ¿cómo era la vida dentro de ese Imperio? ¿Quién estaba en la cima de la sociedad y quién en la base? ¿Cómo producían y repartían sus riquezas sin dinero? ¿A qué dioses adoraban y qué ceremonias realizaban? Estas tres preguntas —sociedad, economía y religión— son las que nos permiten entender realmente cómo pensaba y vivía el pueblo inca.
La sociedad del Tahuantinsuyo estaba organizada de manera estamental: cada persona nacía dentro de un grupo social definido y ese grupo determinaba sus derechos, obligaciones y vestimenta. Cambiar de estamento era muy difícil.
En la cima estaba el Sapa Inca, considerado hijo del dios Sol. Su autoridad era absoluta: era llevado en andas de oro a todas partes y, cuando moría, su cuerpo era momificado y conservado en su palacio, donde seguía «participando» en ceremonias como si nunca hubiera muerto.
Debajo del Sapa Inca estaba la nobleza de sangre: los miembros de las panacas, clanes familiares de los gobernantes incas, que administraban el Imperio y dirigían el ejército. También existía una nobleza de privilegio formada por curacas leales y servidores distinguidos que el Sapa Inca premiaba con títulos.
La gran mayoría de la población era el hatun runa («hombre común»): campesinos organizados en ayllus que cultivaban la tierra y prestaban la mita. Por debajo estaban los yanaconas, personas separadas de su ayllu que servían directamente a la nobleza, y los piñas, prisioneros de guerra que realizaban trabajos forzados.
El Tahuantinsuyo funcionaba sin dinero y sin mercados tal como los entendemos hoy. Su economía descansaba en dos principios: la reciprocidad y la redistribución.
La reciprocidad era el intercambio de trabajo por bienes. El Estado pedía al hatun runa que trabajara en la mita —construyendo caminos, templos o andenes, o sirviendo en el ejército— y a cambio le proporcionaba comida, herramientas y ropa durante ese período. Era un intercambio de obligaciones mutuas, no un salario ni esclavitud.
La redistribución funcionaba mediante miles de qollqas repartidas por todo el Imperio. En ellas se almacenaban los excedentes de producción: maíz, chuño, charqui, textiles y herramientas. Si una región sufría sequía, helada o guerra, las qollqas cercanas se abrían para abastecer a la población. El historiador John Rowe describió este sistema como una «economía sin mercado» de enorme eficacia para una geografía tan difícil como los Andes.
La tripartición de las tierras
Las tierras cultivables se dividían en tres bloques: del Sol (para los templos y ceremonias), del Inca (para el Estado y las qollqas) y del ayllu (para el sustento de las familias). Esta división garantizaba que el Estado siempre tuviera recursos y que ningún ayllu que cumpliera sus obligaciones quedara sin sustento.
La religión inca era politeísta —adoraban a varios dioses— y estaba integrada con la naturaleza y la vida cotidiana. Cada cerro, manantial o rayo podía ser manifestación de una fuerza divina que merecía ritual y respeto.
El dios principal era Inti, el Sol. Como el Sapa Inca era considerado su hijo, el culto a Inti legitimaba también el poder político del gobernante. El gran templo del Sol en el Cusco, el Qorikancha, era el edificio más sagrado del Imperio: sus paredes interiores estaban forradas con láminas de oro puro y su jardín reproducía plantas, animales e insectos en oro y plata.
Por encima de Inti, en la jerarquía teológica, estaba Viracocha: el dios creador del universo y los demás dioses. Otras deidades importantes eran Mama Quilla (la Luna, esposa de Inti), Illapa (el dios del rayo y la lluvia) y Pachamama (la Madre Tierra).
Las huacas y el Inti Raymi
Además de los grandes dioses, los incas veneraban miles de huacas: lugares sagrados —una roca, una fuente, un cerro, la momia de un antepasado— que poseían una fuerza espiritual llamada camac. El Cusco estaba organizado en cuarenta y un ceques: líneas imaginarias que salían del Qorikancha hacia los cuatro suyos, a lo largo de las cuales se distribuían las huacas sagradas. Era un calendario ritual y un mapa sagrado al mismo tiempo.
Las ceremonias más importantes del año eran el Inti Raymi (fiesta del Sol, en junio, en el solsticio de invierno andino) y el Cápac Raymi (gran fiesta del Inca, en diciembre). En ellas participaba toda la población del Cusco con música, danzas, ofrendas y banquetes colectivos financiados por el Estado.
Tres actividades dosificadas. En 2.° el objetivo es organizar bien la información y expresarla con tus propias palabras con letra clara.
- Dibuja en tu cuaderno una pirámide dividida en cuatro niveles.
- Escribe en cada nivel el grupo social correspondiente: Sapa Inca, nobleza (de sangre y de privilegio), hatun runa, yanaconas y piñas.
- Junto a cada nivel anota una característica que lo defina (por ejemplo: obligaciones, vestimenta o acceso a recursos).
- Dibuja un organizador con dos columnas: «Reciprocidad» y «Redistribución».
- En cada columna escribe: qué es, cómo funcionaba y un ejemplo concreto tomado de la lectura.
- Debajo añade una fila con la tripartición de las tierras: Sol, Inca y Ayllu, explicando brevemente para qué servía cada parte.
Prepara una intervención oral de 2 minutos sin leer tus notas. En 2.° el objetivo es defender una posición con argumentos concretos y datos de la lectura.
- El Estado no solo pedía trabajo: a cambio proporcionaba comida, herramientas y ropa durante todo el período de mita, de modo que nadie trabajaba sin recibir algo a cambio.
- Las qollqas garantizaban que ningún ayllu muriera de hambre en caso de sequía o desastre: esa red de seguridad beneficiaba a toda la población, incluyendo al hatun runa que pagaba la mita.
- Los curacas que cooperaban conservaban su autoridad y accedían a bienes de lujo: el sistema premiaba la lealtad con beneficios reales.
- La mita era obligatoria: el hatun runa no podía negarse a trabajar para el Estado sin consecuencias graves, lo que limita mucho la idea de que fuera un «intercambio voluntario».
- La sociedad era estamental y no había movilidad: nacer como hatun runa significaba trabajar para el Estado toda la vida, sin posibilidad real de cambiar de posición social.
- Los yanaconas y los piñas tenían aún menos derechos y protecciones, lo que muestra que el sistema no era igual para todos los que trabajaban.