En la sesión anterior estudiamos Napoleón Bonaparte: su ascenso al poder, el Imperio y su legado. Vimos cómo en 1808 Napoleón invadió España y colocó a su hermano José Bonaparte en el trono, deslegitimando la autoridad colonial española de golpe: ¿a quién debían obediencia las colonias americanas si el rey legítimo Fernando VII estaba preso? Ese vacío político fue la chispa que encendió los movimientos de independencia en toda América. También estudiamos que el Code Napoléon influyó en los códigos civiles latinoamericanos. Hoy estudiamos el proceso que ese vacío desencadenó: las guerras de independencia que entre 1810 y 1825 transformaron el mapa político de América Latina y dieron origen a las repúblicas que hoy conocemos, incluido el Perú.
Las guerras de independencia latinoamericanas no estallaron por una sola causa. Respondieron a una acumulación de tensiones que venían gestándose desde décadas antes, en una combinación de factores internos y externos que los historiadores han analizado exhaustivamente.
Causas internas: el resentimiento criollo
El grupo social que lideró casi todas las independencias fue el de los criollos: personas nacidas en América de padres españoles. Los criollos eran frecuentemente ricos —hacendados, mineros, comerciantes— pero estaban excluidos de los cargos políticos más importantes, que la Corona española reservaba para los peninsulares (nacidos en España). Esta contradicción —riqueza sin poder— generó un resentimiento creciente. Las reformas borbónicas del siglo XVIII agravaron la situación al centralizar aún más el control colonial y aumentar los impuestos.
Al mismo tiempo, las ideas de la Ilustración —que los criollos educados habían leído en obras de Locke, Montesquieu, Rousseau y Voltaire— planteaban que la soberanía residía en el pueblo, que el poder debía dividirse y controlarse, y que los gobiernos que no servían al bien común podían ser derrocados. Estas ideas, que ya habían justificado la independencia de los Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789), comenzaban a circular en las tertulias de Lima, Buenos Aires, Caracas y Bogotá.
Causas externas: el detonante napoleónico
La causa inmediata fue la crisis de la monarquía española provocada por Napoleón. En 1808, las tropas francesas ocuparon España y Napoleón forzó la abdicación del rey Fernando VII para colocar a su hermano José I en el trono. Las colonias americanas se encontraron ante una paradoja: ¿debían obedecer al nuevo rey impuesto por el invasor, o podían gobernarse provisionalmente mientras Fernando VII recuperaba el trono? Los cabildos americanos eligieron la segunda opción, formando juntas de gobierno que en la práctica fueron el primer paso hacia la independencia.
La independencia de los Estados Unidos (1776) fue un modelo político de referencia: demostraba que una colonia podía separarse de su metrópoli, construir una república estable y prosperar. El ejemplo fue ampliamente citado por los líderes independentistas latinoamericanos, aunque el historiador John Lynch, en su obra The Spanish American Revolutions, 1808-1826 (1973), subraya que las condiciones sociales de América Latina eran mucho más complejas —con una mayoría indígena y mestiza excluida del proceso político— que las de las colonias angloamericanas.
Simón Bolívar (1783-1830), nacido en Caracas en una familia criolla acomodada, fue uno de los líderes más influyentes del proceso independentista hispanoamericano. Formado en Europa, donde conoció ideas ilustradas y observó de cerca los cambios políticos de la época, Bolívar imaginó no solo la independencia de Venezuela, sino también la creación de una gran unión política que integrara a varios territorios de América del Sur.
Su trayectoria estuvo marcada por avances y retrocesos. Entre 1810 y 1817 sufrió derrotas militares, divisiones internas y exilios en Curazao, Jamaica y Haití. Desde Jamaica, en 1815, escribió su conocida Carta de Jamaica, donde analizó las dificultades de la región y expuso su visión política. El apoyo haitiano condicionado a la abolición de la esclavitud fue decisivo para reorganizar sus fuerzas y retomar la lucha.
La campaña decisiva: Boyacá y Carabobo
En 1819 se produjo un punto de quiebre. Bolívar impulsó una arriesgada maniobra militar: el cruce de los Andes por el páramo de Pisba con unos 2 500 soldados, una operación extremadamente exigente que contó con la participación clave de llaneros, guías locales y comunidades que apoyaron el avance. El 7 de agosto de 1819, las tropas patriotas vencieron en la Batalla de Boyacá y aseguraron el control de Bogotá. En 1821, la Batalla de Carabobo consolidó la independencia de Venezuela. En 1822, el general Antonio José de Sucre obtuvo la victoria en la Batalla de Pichincha, lo que permitió la liberación de Quito.
Ese mismo año, Bolívar y San Martín se reunieron en Guayaquil en un encuentro cuyo contenido exacto se desconoce no existen actas, pero que terminó con la retirada de San Martín y el traspaso del liderazgo militar en el Perú. Entre 1823 y 1824, Bolívar y Sucre dirigieron la campaña final en territorio peruano, aunque el proceso estuvo marcado por tensiones políticas, debates sobre el poder ejecutivo y diferencias entre los propios líderes independentistas.
José de San Martín (1778-1850) fue el gran estratega de la independencia del Cono Sur. Nacido en Yapeyú (actual Argentina), pasó su vida militar en España combatiendo a los franceses —incluso en la batalla de Bailén (1808)— antes de regresar a América en 1812 con el objetivo de luchar por la independencia.
Su plan estratégico era brillante y original: para liberar el Perú —el núcleo del poder realista en América del Sur— no atacaría directamente desde Buenos Aires siguiendo las difíciles rutas del Alto Perú (actual Bolivia), donde los ejércitos patriotas habían sido repetidamente derrotados. En cambio, cruzaría los Andes, liberaría Chile, y desde allí atacaría Lima por mar. Este plan requería años de preparación.
El Ejército de los Andes y Chacabuco
Entre 1814 y 1816, San Martín organizó en Mendoza el Ejército de los Andes: unos 5 000 hombres entrenados y equipados para una operación sin precedentes. En enero-febrero de 1817, el ejército cruzó la cordillera andina por varios pasos simultáneos en tres semanas, sorprendiendo completamente a los realistas. El 12 de febrero venció en la Batalla de Chacabuco y entró en Santiago de Chile. El 5 de abril de 1818, la Batalla de Maipú selló definitivamente la independencia de Chile.
La campaña del Perú
Con Chile liberado, San Martín preparó la campaña naval hacia el Perú. La Expedición Libertadora del Perú partió de Valparaíso en agosto de 1820 con unos 4 500 hombres y una escuadra naval al mando del almirante inglés Lord Cochrane. Desembarcó en Pisco y maniobró durante meses sin atacar Lima directamente, esperando que el colapso interno del poder realista y las defecciones facilitasen la entrada. El 28 de julio de 1821, San Martín proclamó la Independencia del Perú en Lima, asumiendo el título de Protector. Sin embargo, el poder realista seguía intacto en la sierra peruana, lo que llevó a la entrevista con Bolívar en Guayaquil (1822) y a la decisión de San Martín de retirarse.
Tras la retirada de San Martín, Bolívar asumió el mando supremo de la campaña del Perú en 1823. El Perú era el último gran reducto del poder colonial español en América del Sur: el virrey La Serna controlaba la sierra con un ejército bien organizado de unos 9 000 hombres, integrado mayoritariamente por peruanos —criollos, indígenas y mestizos— que mantenían su lealtad al rey por convicción, por interés o por obligación.
Bolívar organizó la campaña final con planificación cuidadosa, en un contexto de fuertes tensiones políticas dentro del propio Perú. Las batallas de Junín (6 de agosto de 1824) —una batalla de caballería casi sin disparos, librada a sable y lanza en menos de una hora— y luego Ayacucho (9 de diciembre de 1824) marcaron el colapso militar del poder realista en Sudamérica, aunque todavía persistieron focos de resistencia en el Alto Perú y en algunas regiones andinas.
La Batalla de Ayacucho y la Capitulación
La Batalla de Ayacucho fue librada en la Pampa de Quinua, a 3 300 metros de altitud, cerca de la ciudad de Huamanga (actual Ayacucho), por el general Antonio José de Sucre con unos 5 780 patriotas contra aproximadamente 9 000 realistas comandados por el general José de Canterac. Una parte importante de esos realistas eran peruanos, organizados en batallones virreinales. En alrededor de dos horas de combate, el ejército patriota obtuvo una victoria decisiva que obligó al mando realista a negociar la rendición.
Ese mismo día se firmó la Capitulación de Ayacucho: el documento mediante el cual el ejército realista aceptaba su derrota y se comprometía a reconocer la independencia de las antiguas colonias españolas en América del Sur. El virrey La Serna, herido y capturado durante la batalla, firmó a través de sus delegados. Aunque algunos oficiales españoles cuestionaron luego el alcance de la capitulación, Ayacucho marcó en la práctica el final de la guerra del Perú y el derrumbe del poder imperial español en la América continental. Solo Cuba y Puerto Rico permanecerían bajo soberanía española hasta 1898.
En 1825, Sucre ocupó el Alto Perú —región que adoptó el nombre de Bolivia en honor a Bolívar— como uno de los últimos territorios independizados. El proyecto de Bolívar de unir Hispanoamérica en una gran confederación no se concretó: las nuevas repúblicas siguieron caminos separados, y la Gran Colombia se disolvió en 1831, apenas un año después de la muerte de Bolívar, en medio de conflictos internos y desacuerdos sobre la organización política del continente.
Las independencias latinoamericanas no fueron un proceso uniforme. Mientras el sur del continente siguió el modelo de campañas militares organizadas por élites criollas, otras regiones tuvieron procesos muy distintos.
México: la revolución desde abajo
En la Nueva España (México), la independencia comenzó en 1810 de una forma radicalmente diferente: no fue un pronunciamiento de la élite criolla, sino un levantamiento popular masivo. El 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo convocó a sus feligreses en el pueblo de Dolores (Guanajuato) al grito de independencia. En días, un ejército de decenas de miles de campesinos, indígenas y mestizos arrasó haciendas y ciudades. El movimiento fue tan violento y amenazante para el orden social que los criollos mexicanos se pusieron del lado realista.
Hidalgo fue capturado y ejecutado en 1811. Su sucesor, el cura José María Morelos, continuó la guerra hasta 1815, cuando también fue capturado y fusilado. La independencia de México llegó finalmente en 1821 de una manera irónica: el militar realista Agustín de Iturbide se alió con el guerrillero patriota Vicente Guerrero para proclamar la independencia mediante el Plan de Iguala, garantizando los privilegios de la Iglesia y la élite criolla. México se independizó bajo un Imperio —Iturbide se coronó Agustín I— que duró apenas dos años antes de caer.
Brasil: la independencia sin guerra
Brasil fue el caso más peculiar de toda América Latina: se independizó de Portugal sin guerra, en 1822. Cuando Napoleón invadió Portugal en 1807, la familia real portuguesa —el rey Juan VI— se trasladó a Brasil con toda su corte, haciendo de Río de Janeiro la capital del Imperio portugués. Al regresar Juan VI a Portugal en 1821, dejó a su hijo Pedro I como regente. El 7 de septiembre de 1822, Pedro proclamó la independencia de Brasil —el famoso Grito de Ipiranga— y se coronó primer Emperador de Brasil. La independencia fue un acto de la propia familia real, no una revolución anticolonial.
Las independencias latinoamericanas transformaron el mapa político del continente, pero su impacto social fue más limitado de lo que los ideales ilustrados prometían. Esta tensión entre el cambio político formal y la continuidad social profunda es el debate historiográfico central sobre las independencias.
Lo que cambió fue claro: desaparecieron los virreinatos y las autoridades coloniales españolas; los criollos accedieron al poder político que antes les estaba vedado; se abolieron legalmente los títulos nobiliarios y las castas en la mayoría de los nuevos Estados; se proclamaron constituciones con derechos individuales. El Perú independiente abolió la mita —el trabajo forzado indígena— y el tributo indígena, aunque estas medidas tardaron en hacerse efectivas.
Lo que no cambió fue igualmente significativo: la estructura económica siguió siendo la misma —grandes haciendas en manos de pocas familias criollas, minería exportadora, dependencia comercial—; la situación de los indígenas y las poblaciones afrodescendientes mejoró poco en la práctica; las nuevas repúblicas heredaron las fronteras coloniales y muchos de los conflictos que estas encerraban.
El historiador Tulio Halperín Donghi, en su obra Historia contemporánea de América Latina (1969), definió las independencias como una «revolución política conservadora»: cambió quién ejercía el poder, pero no la estructura del poder ni las desigualdades que lo sostenían. Esta interpretación, matizada por historiadores posteriores como Jorge Cañizares-Esguerra, sigue siendo el punto de partida del debate académico sobre el significado de las independencias para la historia latinoamericana.